Este día celebramos San Antón y, para que entendáis por qué se celebra así, os tengo que poner en contexto en un pueblo simple y llano en el cual habitan pastores y gente de campo. Un día un pastor sale en busca de una oveja perdida y lo que descubre es a un ejército árabe esperando poder asaltar el pueblo. El joven pastor vuelve para alertar a todos y, en un principio, no lo creen.
Deciden ir tras los pasos del pastor y efectivamente descubren un ejército preparado para saquear y atacar el pueblo; de vuelta, hacen una asamblea para comunicar lo visto y ven que ni tienen armas, ni son guerreros, ni disponen de un plan de defensa. Pero, como en toda guerra, el ingenio puede más que la fuerza; como en este caso, los habitantes se organizaron con no más de dos docenas de caballos, burros y asnos que disponen para simular una caballería, deciden ponerse un gorro puntiagudo para simular lanzas, agitar a todo el ganado que tienen y hacer repicar un tambor como si fuera el avance de un ejército. Los chiquillos prenden hogueras para que el crepitar del fuego, las sombras y el humo ayuden a aumentar esa incertidumbre en el enemigo y las mujeres preparan vendas, ungüento y una gran bandera blanca por si hay que rendirse.
Ante aquella escena, el ejército contrario decide no rozar el pueblo y pasar de largo, y desde entonces, todos los 16 de enero a las 20 h, salen los jinetes y la infantería peleña a celebrar su fiesta más importante. Ataviados con camisa blanca campesina, un pañuelo enlazado al cuello y nuestro gorro característico, todo ello enfundado en un fajín que sujeta los riñones para las largas horas de batalla.
Resuena aquel tambor que solo tenía el pueblo delante de los jinetes, que en ocasiones llegan a juntar 1000 caballos. Hoy en día, salen junto a la bandera grande y blanca que las mujeres cosieron y recorren las calles del pueblo rodeadas de 32 hogueras gigantes que iluminan esa noche. Detrás de aquella infantería que a día de hoy se cuenta por cientos, y qué distinta habría sido aquella representación si se hubiera dado hoy; junto a la incansable charanga, desfilan detrás de la caballería al compás de trompetas y tambores.
No hay que olvidar los distintos puntos en los que reparten el rico y dulce vino de pitarra y un dulce típico de Pela (El Biñuelo), una espiral de masa frita bañada en miel y anís que gentilmente regalan los cofrades y el pueblo a todos por igual.
Al pasar 3 veces tambor y bandera por el punto de salida, se da por finalizada dicha carrera y es el momento del último chato de vino, un dulce para el caballo y un pequeño puro a modo de victoria, ya casi rozando la medianoche.
Entre vivas San Antón, San Antonino, El chiquirrinino y al que no diga viva que se le seque la barriga… Y las rondeñas que cantan todas las generaciones que por allí crecen y veranean, sucede esta fiesta tan curiosa que os invito a conocer y buscar en redes, ver sus videos y disfrutarla desde que a primera hora llegan los remolques con leña y hojas y ramas de olivo para esas hogueras. Son días de celebración continua, rodeado siempre de caballos y música. Así es San Antón en Navalvillar de Pela (Badajoz)









