A nivel educativo, la inmersión fue espectacular. Visitamos los centros de adultos (CPIA) italianos para aprender de ellos. En Lucca, logramos romper el hielo presentándonos en italiano ante los alumnos y compartiendo un agradable aperitivo. Días después, nos tocó viajar a Castelnuovo. Al llegar a este precioso pueblo, enclavado entre montañas y atravesado por un río, nos integramos en una clase de Nivel 2. Ver a personas de tantas nacionalidades distintas esforzándose por aprender el idioma para buscarse un futuro mejor te da un verdadero golpe de realidad. Te hace valorar enormemente el privilegio que es poder seguir formándose a cualquier edad.
De Lucca me quedo especialmente con su tranquilidad. Pasear por su muralla
temprano, bajo una lluvia fina que no molesta, y ver la ciudad despertar en un
silencio absoluto es de 10. Su patrimonio es impresionante, vimos la Plaza del
Anfiteatro iluminada por el carnaval, la Chiesa di San Francesco, el sorprendente
cuerpo incorrupto de una santa, los jardines itálicos de un antiguo palacio y
subimos a la Torre Guinigi (la famosa torre coronada por robles). El contraste
perfecto fue Viareggio. Tras un viaje en tren abarrotado por cancelaciones
previas, alucinamos con la playa, las cometas gigantes y las montañas nevadas
de fondo. El desfile de su carnaval fue un espectáculo difícil de superar, con
enormes construcciones de papel y una coreografía increíble.
En Pisa vivimos una jornada muy intensa. En la Piazza dei Miracoli subimos a la
famosa Torre Inclinada, paseamos por el cementerio, visitamos la catedral y
probamos la increíble acústica del Baptisterio. Para reponer fuerzas, comimos en
un local pequeño y muy chulo, donde la comida estaba buenísima, los dueños
eran súper majos y hasta nos hicimos una foto con ellos. Al terminar las visitas,
nos pilló una tormenta monumental. Terminamos caminando bajo la lluvia para
no perder el tren, resguardándonos como podíamos y llegando chorreando.
Pero lo más mágico de todo el viaje ha sido el grupo. Pasamos de conocernos
muy poco (o nada) de las clases a funcionar como una maquinaria perfecta en
nuestro alojamiento de "Corte Meraviglia". La intensa convivencia de 24 horas
diarias hizo que conectáramos muchísimo. Momentos tan sencillos como
preparar juntos los desayunos y las cenas de forma cooperativa, o tener el
espacio y la confianza para hablar de la vida sintiéndonos escuchados y sin ser
juzgados, crearon un vínculo inquebrantable. Me traigo de Italia una mente
mucho más abierta, una mochila llena de recuerdos, anécdotas y una segunda
familia. Como bien dicen mis compañeros, el mayor privilegio ha sido poder vivir
todo esto juntos. ¡Gracias de corazón!
Victor Gascón Palomo, Nivel 2


















