Frente a esta inercia de vida nerviosa y acelerada, el parque se erige como el último refugio de lo auténtico. Cruzar su linde debería ser un acto de rebeldía: el momento exacto para guardar el móvil y simplemente levantar la cabeza.
Solo al despegarnos de la pantalla descubrimos la verdadera red social. Esa donde los niños recuperan el tiempo que las extraescolares les roban, riendo a carcajadas sin necesidad de un hashtag. Esa donde los perros no son fotos en un muro, sino compañeros que exigen juego y presencia. En el parque la vida sucede en horizontal: personas que forman corrillos para arreglar el mundo con la palabra, corredores que sudan superando sus propias marcas y ese sonido de la naturaleza que, si nos permitimos escucharlo, es el mejor ansiolítico que existe.
El parque es un remanso de paz y un recordatorio de que somos seres analógicos. Desconectar para conectar con el canto de un pájaro o con una charla fortuita no es perder el tiempo; es, sencillamente, empezar a vivirlo de nuevo.
Silvia Hernández Pérez, Nivel 2B

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